La revolución Áurea

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martes, 11 de junio de 2019




 Mañana cumplo cincuenta años y no sé cómo ha pasado…




Puede sonar a tópico de andar por casa o al título de una canción de la época de la Movida, pero así lo siento. Hace un instante que pasaba una hora de nervios en el atasco de los viernes, a las tres de la tarde, sufriendo por si no llegaba a tiempo de recoger a Laura, mi hija pequeña, la que ya tiene dieciocho años y está en la universidad buscando un futuro propio.   Aún recuerdo el olor del césped del parque del barrio y hasta mastico el polvo del arenero, allí, sentado en un banco mientras la niña hacía cumbre en todos los columpios al grito de: ¡papi!, ¡mira lo que hago!

Era un “saco” de nervios, llena de energía y ganas de vivir, no es posible para ella pasar desapercibida, su presencia es intensa, su aura brilla por donde va, una actitud que aún mantiene y cada día pido a las estrellas que conserve toda su vida. Si lo consigue, más que una vida, lo suyo será toda una aventura. No solo es persistente y responsable, también es dulce y cariñosa, siempre pendiente de todo y de todos, es de ese tipo de personas, ya casi en extinción, que hace que las cosas sucedan.

Recuerdo, como si de ayer se tratara, esos días de fútbol infantil con Iván, mi hijo mayor. Sobre todo, ese periodo en el que era el mejor portero del mundo, al menos para mí lo era. Aún puedo ver como se lanzaba sin pensarlo a por balones imposibles, en terrenos embarrados, buscando la pelota como si la vida dependiera de ello. En ese momento era un niño feliz, seguro de sí mismo, centrado en un único objetivo por un rato. Luego llegaba el día a día, la falta de adaptación al colegio, las inseguridades que siempre le han perseguido y que le impiden ver que lo único que le separa de una vida plena es hacer lo que hay que hacer, como en aquellos partidos, sin pensar en nada más. Es el problema de tener una mente maravillosa, es como un arma; mal utilizada no trae más que conflictos internos. El día que logre dar el paso nada podrá frenarle. Espero que no tarde, como su padre, cincuenta años en darse cuenta.

Poco tiempo me parece que ha pasado de los viajes a Disney, no tengo claro quien disfrutó más, creo que es un sitio construido para los cincuentones que nos pasábamos la tarde viendo a Mickey, Donald y Pluto. Esos dibujos con música clásica de fondo que nos transportaban a un mundo de fantasía. Nos encantaban ya que nuestra infancia puede que fuera demasiado real.

Miro más atrás y me veo pequeño, muy feliz, corriendo sin parar, jugando al fútbol y a mil cosas, metido en peleas de piedras con los chavales de otro barrio, haciendo cabañas de cartón. Corriendo delante o detrás de los gitanos de mi barrio, según el día. Veo a mi madre haciendo la comida en una cocina grande y luminosa, canturreando una canción mientras batía huevos a la velocidad del sonido, recuerdo a mi abuela Amalia, recitando dichos tradicionales, cantando coplas picantonas de otras épocas y refranes, tenía uno para cada cosa de la vida.

Veo a mi hermano mayor probándose pantalones de campana para ir de fiesta y bailando en el salón la música de Pink Floyd, a la manera de esa época; completamente ridícula, con sus aires de estiradillo, también a mi otro hermano, siempre más cercano y bruto, deseando liarme para hacer alguna maldad en su nombre y así salir indemne del castigo, le recuerdo haciendo pelotas con los calcetines que terminaban rompiendo la lámpara de turno. Veo a mi padre, a mi querido padre regresando el sábado del trabajo, a la hora de comer con un helado de barra, de esos de al corte, con sus galletitas, para el postre o cuando le acompañaba al economato y me compraba una tira de chocolatinas en forma de coches. Aquello era una fiesta ya que lujos y caprichos, en esos tiempos; los justos.

Aún pongo cara a los chicos del cole y el barrio, siento en la piel el calor del verano, en el barrio con todos los chavales del baby boom, éramos legión, jugando en la calle hasta las tantas a cosas puede que ahora inconfesables pues estarían prohibidas. El tiempo si ha pasado, para bien, en algunas cosas. Mis vacaciones en Calpe, tan aburridas a ratos para un niño de la época, asumiendo el rol secundario en la familia, no como ahora que nuestros niños son los reyes y todo lo enfocamos a su disfrute, nosotros éramos actores secundarios en la fiesta de nuestros padres. En esos periodos, desarrollé la imaginación que ahora me ayuda tanto, en la playa podía pasar horas sin salir del agua.  Soñaba que era el capitán de un barco pirata con mi pequeña barca hinchable y abordaba a cuanto flotador pasaba cerca de mi navío, otras veces era un cazador de tiburones asesinos y hasta el protagonista de Miami Vice. Ahora soy capaz de escribir una novela desde la cama, en las noches de insomnio, cada noche un capítulo más de mi nueva historia.

Es cierto que siempre he sido muy disperso, me ha costado mucho encontrar mi lugar en el mundo, siempre pensé que estaba aquí para hacer grandes cosas y en cierta manera me he sentido frustrado de no poder disfrutar de reconocimiento, riquezas y éxito que siempre pensé tener. Tuve que escribir La Revolución Áurea para entender en realidad qué es el éxito y elegir mi verdadero camino. Algo cambió en mi y me di cuenta de que soy una persona exitosa.

Tengo la mejor compañera que una persona puede desear, un ejemplo de vida, el pilar donde se apoyan todas mis inseguridades, la persona que me complementa y me da el amor que necesito, aunque a veces sea a cucharaditas, puede que eso también sea la clave de su éxito, yo soy excesivo en todo, pero me canso enseguida de todo, ella mantiene la cuerda tensa. Creo que está a punto da descubrir todo lo que vale y eso será fantástico.

Mis hijos son mi mejor obra, serán lo que ellos quieran, tienen la semilla del éxito en sus venas, saben que la primera regla para caminar por la vida pasa por ser buenas personas, empáticas, sensibles con el daño ajeno, pero a la vez asertivos, sin perder la vista del camino para seguir avanzando, a pesar de las dificultades, sin dejarse llevar por lo habitual, saben que tienen que salirse de la norma.

Aún tengo una madre ejemplar que se ha sabido reinventar y ha podido disfrutar de una vida plena después de la desgracia, me apena su soledad habitual, pero también he aprendido a que no es solo mi responsabilidad, tiene otros dos hijos que no se entregan tanto y deberían, aunque solo sea por decoro y para dar ejemplo a sus hijos para el futuro. Un acto siempre es mejor que mil palabras. Ella sabe que la adoro. Tuve un padre al que extraño cada día, que me inculcó el amor como punto de partida y la necesidad de disfrutar de la vida sin rechazar nunca una oportunidad de celebrar que estamos vivos.

Tengo la casa que siempre quise tener, bueno… de momento la tengo compartida con el banco, pero bueno, como todos. Amigos no tengo muchos, pero en realidad ¿quién los tiene? Me refiero a lo de los malos momentos. De esos hay pocos o no he tenido demasiada suerte, puede que sea culpa mía, me cuesta darlo todo y recibir a veces tan poco… es decepcionante.

Mi trabajo no es el mejor del mundo, pero no me importa madrugar cada mañana, me gusta lo que hago, tengo que lo que siempre busqué en un trabajo: libertad para tomar mis propias decisiones, un buen sueldo y unos compañeros que hacen el día a día bastante agradable. Me ha costado mucho, solo mi chica sabe cuánto, un camino duro, teniendo que demostrar cada año lo que valgo sobre el terreno y no sobre el papel de una triste currícula como hacen muchos en este mundo de figurantes e impostores.

Mañana cumplo cincuenta y la verdad es que no me importa, al contrario, me encuentro bien, soy feliz y tengo más proyectos de los que puedo asumir. ¿Qué más quiero? Lo esencial, que mi familia siempre esté conmigo, son la sangre de mis venas.

Con todo mi amor para Ana, Iván y Laura.
Gracias por compartir conmigo esta maravillosa aventura que es la vida.

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